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Divulgación
Feb. 2026

Acusado por la nube

Sobre la película Sin Piedad, Timur Bekmambetov, EEUU, 2026

Por Nicolás Quintero

 

El ser humano ha buscado en todo momento la creación de sistemas sin fisuras que le permitan usar las matemáticas para poner orden frente al caos. En un clima distópico donde el uso de la inteligencia artificial está a la orden del día y reina el conflicto sociopolítico surgen ideas de ciencia ficción que imaginan figuras capaces de ser juez, jurado y verdugo y ensalzar firmemente el “Yo soy la ley” como el Juez Dredd (1995) que interpretaba Sylvester Stallone o la reciente Juez Maddox de Sin piedad (2026) que propone la existencia de una IA con acceso a la nube capaz de realizar tales tareas.

La película imagina un futuro al estilo de Philip K. Dick donde un policía ahogado en problemas que interpreta con potente expresividad Chris Pratt es acusado de un crimen del que dispone de 90 minutos para probar su inocencia. La atmósfera claustrofóbica parte de la idea de tener al protagonista encarcelado casi toda la película y  sirve para establecer una puesta en escena que subraya cómo el desarrollo tecnológico no ha hecho más que aislar al ser humano. Una demostración más de que la imagen final de 2001: una odisea del espacio (1968) hablaba sobre cómo la innovación del futuro llevaría al hombre al encapsulamiento.

Quizá la mirada ejecutiva de Charles Roven productor de: El caballero oscuro (2008) donde se disertaba sobre la posverdad y el espionaje masivo, Oppenheimer (2023) donde volvía al pasado para hablar sobre los riesgos de los avances sin regulación y de esta película acentúa la idea de que la tecnología al final puede acabar convertida en un arma destinada a eliminar la intimidad humana.

Si en Minority report (2002) el protagonista manipula imágenes como un montador de cine aquí gestiona peticiones frente a una jueza artificial que accede a grabaciones de vídeo y redes sociales con facilidad asombrosa remitiendo al  mito orwelliano de 1984. Un holograma algorítmico creado con la frialdad que aporta Rebecca Ferguson como si se tratara de una versión femenina de HAL 9000: el robot que en su momento sirvió de inspiración a Anthony Hopkins para  Hannibal en El silencio de los corderos (1991).

En el fondo esta podría ser la versión de Recuerda (1945) de Hitchcock pasada por el filtro cibernético del director que mejor ha entendido las dinámicas visuales de la inmediatez que rigen el presente: Michael Bay.

Uno de los coetáneos de Bay, Timur Bekmambetov fue el responsable de uno de los mayores taquillazos rusos como Guardianes de la noche (2006), donde aplicaba efectos especiales parecidos a Matrix (1999) al género del terror para lo que se podría denominar como la respuesta rusa a Underworld (2003). Mucho tiempo después de haber construido una carrera en Hollywood  modela su película más madura con un montaje vibrante vehiculado con planos de cortísima duración y trepidantes persecuciones con alternancia de tiempos a los que saca un profundo partido narrativo.

Sin piedad es ante todo una reflexión sobre los riesgos que supone crear modelos bayesianos cuya distribución a priori parte de la culpabilidad. Todo un software muy avanzado que  genera predicciones, crea thresholds de confianza y reprime a seres humanos que acaban fuera de la diagonal principal de una matriz de confusión en un entorno donde un fallo lleva acompañado el coste de una vida.

De ahí que la moraleja de este technothriller sea  que la perfección está precisamente no en atenerse únicamente a los hechos de manera objetiva, sino en la redención y el entendimiento de que los errores forman parte esencial de la conducta humana.